lunes, 19 de julio de 2010

Sombras

“Padre, en la mar ¿no hay sombras?" El arranque del infante despliega la sonrisa en el rostro de algunos de los viajeros del autobús municipal. El padre responde al niño que el agua brilla, porque luce el sol y le explica que el cielo es el techo que la mar tiene por espejo.

Al crío las explicaciones paternas no le convencen del todo. “Yo pondría la sombrilla en el mar los días que no hay nubes”, exclama testarudo, mientras su progenitor le sugiere que calle para que no tomen por chifladura sus cosas.


Entretanto, el conductor que amaneció de buen humor, se ha propuesto en ese viaje no dejar a nadie tirado en las paradas. Y aunque la carga -es cosa sabida- que rompe la espalda, él pasa de lo que opine el propio bus. Si algo le priva al hombre es que las ruedas suden la camiseta y hagan de su jadeo una burla al asfalto.

¡Ay, qué risa! ¡qué risa! Lleva el volante camino de la playa.  “He perdido el cubo, las palas y los manguitos”, clama una niña, emparedada entre dos adultos, y la voz de otro menor, le aclara: “Están en el suelo, pero no tengo sitio para agacharme”. Un adulto relata, sin que nadie se lo pida, un terrible suceso; el morbo que despierta la muerte, pone silencio a bordo. El sábado, en el Tibidabo murió una adolescente al caer parte de una atracción. Tenía 15 años. Ya no necesita móvil, ordenata, padres, ni amigos y aunque nadie ha vuelto para contarlo, el viajero, que escribe lo que escucha, estima que una sombrilla pincha hueso en la mar.

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