jueves 29 de julio de 2010

Espinazo



El mes de julio está a punto de doblar el espinazo. De eso hablan en el autobús municipal los que, a falta de escasos telediarios, toman las vacaciones en agosto y, sobre todo, los que se enganchan de nuevo al curro. La decisión del Parlamento catalán de prohibir los toros en su comunidad, parece -por lo que se oye- quedar lejos del horizonte de los que tienen una meninge en punto pelota y otra, en divina de la muerte.


Un taurófilo pregunta en alto al conductor su opinión sobre el destierro de las corridas de toros en Cataluña. Éste zanja el problema diciendo que el asunto no le va. Eso, eso, mucha aldea global en este siglo, dice para sí una vieja, pero a la gente que hoy toma el bus camino de la playa lo que, de verdad, le importa es que las corrientes marinas alejen a las medusas de los arenales.

Por supuesto, que está clara la cosa. Si hablasen de cómo uno a uno podrían luchar para dejar el mundo mejor que como lo encuentran, la historia, entonces, puro aburrimiento mortal por el toque marciano que conlleva. Mejor vivir a ciegas. Tampoco el miura que pasta en la dehesa es consciente al salir al ruedo de que la bravura de nada sirve cuando el clarín de la muerte vuelve silencio la plaza.

Los hombres del tiempo hace mucho que ganaron la partida a los intelectuales. A éstos un poeta se les adelantó hace siglos ya en el diagnóstico: ‘Triste España sin ventura’. Se llamaba Juan de la Enzina y lo más perverso y extraño es que ha pasado a la historia sin decir si hará bueno o malo.

lunes 26 de julio de 2010

Santiago

Santiago. Las ruedas del autobús municipal cantan la fiesta del patrón de España.  ¡Arriba, abajo ! Que sí, que sí, dice el volante al conductor para que hable. ¿Que si qué? pregunta éste. ¡Ah! yo que sé... noche clara de verano.

En la batalla de Clavijo el color de la montura poco importa. Olvidada la gesta del apóstol -aún no vencido el prejuicio de moros y cristianos- la verdad de los peregrinos madruga por los caminos de Europa. Son tantos y tan distintos ¿Quién les llama? De Galicia, a donde van, no vienen ya a Castilla, ni a parte alguna de España, los afiladores de cuchillos y navajas, tampoco los segadores de hoces y guadañas. Sólo los políticos van y vienen con su montón de promesas falsas: constante que permanece como hierba mala. Ya no se llama abuso la explotación del pobre, aunque el dolor de costillas siga vigente, tanto hoy como ayer, apunta el freno sin pedir vez para opinar. ¡Fuera amargao, fuera pesimista!, recalca el tubo de escape y ¡Buen Camino, buen camino!, replican las ventanillas al paisaje: agua, arenas y barcos devuelven felices el saludo.

El borracho intenta que la farola le de
un beso. Madrugada del domingo, cohetes y estrellas. En Santiago estaban ayer los Reyes. La ofrenda nunca falta el 25 de julio, tampoco el botafumeiro, ni la multitud, aunque el hijo del Zebedeo siga callado como un muerto.

Todos de fiesta, todos al ruido, que es la juerga del silencio, un lujo que no se gasta. Una vieja dice que en la parada huele a orines. Un viajero de sombrero de fieltro y ala ancha ruega a la señora que se deje de vainas. "Bastante trabajo tengo -asegura el hombre- con mantener a raya a cristianos e infieles". Ella repara en su barba y cree haberle visto antes en una hornacina.

jueves 22 de julio de 2010

Pinzón

Este mediodía de nubes bajas, la parada del autobús está a tope de individuos. La mayoría de los que aguarda su paso está en silencio, tipo poste de la luz.

La quedada de indiferencia al prójimo -dice una gota de lluvia a otra que aterriza junto a ella en un zapato- es mandamiento urbano. Y la gota oidora va a responder, vaya usted a saber qué, cuando el bus asoma el morro por la rotonda y el frenesí de "yo estaba el primero, el primero, el primero" comienza como la pleamar a subir de altura.

“!Oiga! Yo llegue antes que usted!". “Ni soñarlo que llevo aquí diez minutos”. “Pues suba ya mala leche, pero a ver si muestra un poco de educación la siguiente vez”. “Esto si que tiene huevos”. “¡Caradura, que se ha colado!”


A las gotas de agua la música de los viajeros les suena fea por egoísta y ramplona. Un pinzón canta que las cosas no son siempre como las vemos. Y el bus prosigue la marcha sin hacer caso a los forasteros que inundan su panza de sapos.

¡Ay! La grisura del día cómo espabila de los asientos de las nubes y del autobús los aromas de la risa. La frase resulta empanadilla, pero al fin y a la postre lo que busca, encuentra: La juerga es un destello fugaz.

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