jueves, 3 de diciembre de 2009

Barba Azul

-¿Qué te pasa, Barba azul?
-Pues pasar, lo que se dice pasar…
-¿Es cierto que te casas por la iglesia?
-Sí.
-Y eso, ¿te mosquea?
-No. Lo que ocurre es que soy agnóstico y he cedido.
-¿Por tu suegra?
-No. Por ella que quiere hijos, y bautizos, y comuniones…
 
Ay, ¡qué risa! El diálogo que se trae en el autobús un barbudo con otro paisano lo ha oído, por esas cosas del azar, una vecina de la novia. La mujer, muy sulfurada, saca la víbora a pacer: “Eres un mal tío y espera si no se lo digo a Luchi”. Los viajeros no saben quien es la tal Luchi pero hay quien se la imagina blanca y virginal como una cala. El tipo calla, su amigo mira por la ventanilla en plan despiste, y pronto ambos se lían a hablar de la poda de los tamarindos.
 
Otra parada y el bus va rellenando sus tripas de seres con cara de huída de sí. Sólo así se hace comprensible la prisa y la falta de tiempo de la que se lamentan. Sube un cura con sotana, algo exótico en estos tiempos. Lleva en la mano un rosario. También él corre, que te corre, las cuentas. A lo mejor está sacando almas del purgatorio, como quien saca pulpos de la mar. Lo último dicen los entendidos que requiere mucho arte de muñeca; lo del rescate de las penas, a saber. Llueve, ventea, hace malo, pero a los mayores las misas vespertinas les sirven de aliento, toma copa y pincho.
 
De pronto, el conductor se baja y una señora vocea a los que tiene más cerca: “Ahora revuelve, ha ido a hacer aguas menores”. Nadie apunta nada sobre esa acotación tan fina. Aunque puede ser que más de uno pensase que el chófer, en lugar de salir como antílope sediento a la fuente (qué digo, hacia el urinario a la carrerilla) hubiera tenido una atención con los usuarios. “Escúchenme bien todos. Voy a lavarme las manos. No queda otro remedio. Me resbala el volante”.

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